Luziénaga

Luziénaga
Vasto el gran verdor de la ciénaga solo opacado por la oscuridad que se expande sobre el mundo. En estos humedales hay tantas especies que padecen del frio nocturno: animales, plantas e insectos por igual se refugian de los vientos. Entre los cocodrilos del pantano se rumorea que antes había seres, casi como animales, que viajaban por cada lugar y podían crear la luz. Los búhos también comentan sobre grandes arboles de formas extrañas donde aquellos seres se refugiaban, dentro emitían sonidos de todo tipo como si hubiesen otros de ellos acompañantes. Un total misterio hasta para los insectos pequeños que se encargan de ser mensajeros de las libélulas.
El agua se mueve entre olas, como el mar, mientras en su cuerpo se refleja la luna llena, única en su lugar sobre el cielo. La ciénaga extrañaba la calidez, todos sus habitantes adoran a unos pequeños vecinos tan brillantes como elocuentes que refugiados bajo un gran y viejo árbol pasaban sus días. Eran la familia de luciérnagas que viajan como guías de la ciénaga misma, acompañando en cada momento a los demás animales e insectos debido a la oscuridad que existe delante.
Los cocodrilos conversan mientras algunas luciérnagas escoltan su paso por las aguas, desde hace tanto tiempo que no se sabe del día, que la noche es cada hora; es quien arropa los minutos en la actualidad. Uno de los pequeños luminosos cerca de estos amigos escuchaba el cuchicheo, al parecer se sentían sorprendidos de algo.
—Los búhos se han vuelto locos, Coco, ¿oíste? —afirmaba uno de los cocodrilos que usa sombrero plano.
—No creo, Codi, ellos son de lo más sabios, ¿viste? —Un poco alterado por las palabras de su amigo, Coco refunfuña_._
—Te lo juro, Coco, los búhos dicen que los seres mágicos estos podían crear luz ellos mismos, ¿oíste? —añadía con una expresión curiosa.
Coco murmuraba entre colmillos “eso no es posible, ¿viste?”. Seguían el sendero dado por las luciérnagas paseando por manglares, las aguas bajas coloradas y unos ensayos de ranas y grillos que se acompañan con la bella coreografía de las libélulas.
—Coco, también cuentan que sabían sobre la oscuridad y la, esta, esta, Luna, ¿oíste? —Renueva la conversación el cocodrilo de sombrero.
—Codi, nadie conoce la leyenda de los seres mágicos o sobre la Luna, solo son habladurías de los viejos Búhos, ¿viste? —Ya algo irritado por las historias de su amigo, Coco acelera el paso.
—¡Espera, Coco! Los búhos no se equivocan, ¿oíste?
Era precioso en medio del río. Los escamosos amigos seguían hasta una de las orillas de este pasillo de aguas quietas, para ellos “tierra bella”, ya que luego de dar las gracias a las luciérnagas se sumergieron dentro de esta dejando ver solo su nariz y ojos; conversando sobre cosas triviales en su eterna discusión.
Las luciérnagas sonrieron al ver este gesto de los cocodrilos, ahora con paso al gran árbol, navegando de nuevo por el concierto de ranas y grillos, se percataron de que estos descansaban comiendo dulces y bebiendo sorbos de agua. La ciénaga tranquila saludaba a las luciérnagas y también el gran árbol al fondo de su vista, aunque algo captaba más la atención. Una de sus compañeras sentada en medio del camino lucía agitada, ¿por qué?
—¿Qué ocurre, pequeño? —preguntaba acercándose una de las luciérnagas acompañantes, profundamente preocupada.
—¡Hay un revuelo!, una de nosotras está hablando sobre la luna y un viaje extraño, una locura, si me preguntan. Los adultos la están regañando, por lo que espero se calme. — La pequeña luciérnaga da un respiro mientras descansa su cuerpesito en una hoja. Las acompañantes se miran entre si y asienten con un “muchas gracias” a la pequeña recostada. Sin dudarlo se acercan al ruido en el gran árbol de las luciérnagas.
Un montón de brillantes insectos reunidos cuchichean todo tipo de cosas: “las leyendas no son ciertas, nadie conoce algo más sobre la noche”, “los únicos que saben sobre la oscuridad y la Luna son los seres mágicos”, “los viejos búhos son quienes conocen las leyendas”. Rodean con su escándalo a una aún más pequeña, quien era regañada por dos figuras de aspecto familiar. Luzi, es el nombre que se repite entre estos regaños.
La pequeña luciérnaga se escabulle entre el gran cúmulo de sus hermanas luminosas. Separándose de estas toma aire, mientras observa el paisaje en la ciénaga. La belleza del rio refleja el rostro de la luna brillante, muchas veces se quedaba mirando, lo que generaba dudas entre noche y noche, por esa misma razón había una multitud detrás junto con sus padres señalando para que se olvidase de esos pensamientos.
Luzi pensaba mucho sobre lo que ocurría en el mundo, pensaba sobre la oscuridad, sobre las leyendas de seres mágicos que conocían el pasado de la noche, pensaba sobre tanto; en especial sobre la luna. La única fuente de luz dentro de la ciénaga era ella, desde hace tantas generaciones, que solo los viejos búhos rumorean de otras formas de luz. Los cocodrilos solo se ríen sobre esto mientras reposan en su baño de tierra milagrosa. Por su lado, Luzi sentía una fuerte atracción de conocer la verdad.
El sueño de esta pequeña es ir a la luna y acompañarla en el cielo, no puede ser que sola deba vivir siempre brillando, “debo ayudarla”, se dice a si misma mirando arriba, donde las montañas acaban su silueta.
No era casualidad, noche tras noche desde su niñez se escabullía, como ahora, para hablar con los viejos búhos sobre las historias del mundo. Era tan interesante para ella, que ver a la luna le parecía una forma de encontrar al único astro existente que envuelve a la tierra. Por eso su pasatiempo era quedarse perpleja en la orilla del rio, Luna, la única acompañante en sus momentos de contemplación.
—Sé lo que debo hacer. —Luzi vuela entre troncos y arbustos adentrándose en el gran árbol hasta dar con un lugar conocido cerca del medio, un pequeño hogar hecho de ramas y hojas de vastos colores.
—¡Chicos, oigan, chicos! —Repite hasta que dos luciérnagas igual de jóvenes que ella salen. Una usa un abrigo peculiar, la otra unos guantes, también muy peculiares.
—Lulú, ¿qué haces por acá?, creí que te seguían regañando. —El joven de abrigo deja algunos muñecos sobre su cama, ahora prestando atención a la pequeña luminosa.
—Zisi, creímos que jamás saldrías del montón de gente allí abajo. —añade el joven de guantes dejando también unos muñecos al lado de los de su amigo.
—Pude escabullirme entre tanta gente, no quería seguir escuchando —suspira continuando su discurso—. Quería hablar con ustedes, hay algo que quiero contarles.
—Zisi, claro que si, si.
—Lulú, dilo, que sea algo divertido.
La pequeña toma su tiempo para contarles todo sobre leyendas de la luz y sobre como la luna vivía sola dándole paz al mundo. Contando también su deseo inmenso de ir y acompañarla desde que eran niños, aunque ese viaje sea largo, ella deseaba de corazón cumplir ese sueño.
—Por eso quería decirles que me acompañaran. —Finaliza su discurso con ojos valientes y posición firme.
Ambos amigos se miraron entre si, algunos segundos de silencio recorrieron al gran árbol que yace en plenitud por la ausencia de luciérnagas, donde ahora seguían cuchicheando en la base del mismo. Luzi comenzaba a sentirse nerviosa, sin embargo el joven de abrigo se despojó del silencio.
—Lulú, ¿no sabes qué tan lejos es?, ¿o el frio que hace? —Sorprendido por las palabras de la pequeña, de su voz salen varias dudas.
—Zisi, no podemos volar tan lejos, nos haríamos daño, es muy alto —acompaña el amigo con guantes en una mueca de asombro.
Desaprobación que resulta sin más palabras en una Luzi volando hacia las orillas del rio con varias lágrimas en los ojitos. Sus amigos intentaron detenerle, solo que dentro de la mente de esta existe un sueño, no quiere esperar un día más, ningún momento adicional del que haya esperado; para ella, por tanto.
Y en la superficie del rio, el reflejo de la luna y, dentro del reflejo de la luna, el de Luzi; ambas compartían un lazo que la pequeña luminosa entendió luego de algunos minutos sentada en la orilla. E__staban solas, y siguiendo los pensamientos que tuvo antes con sus amigos, si lo estaban, entonces su sueño no solo era imaginación. Tal vez sea más que eso, como el destino o como las leyendas que cuentan los viejos búhos; como los años que ha anhelado ver un cambio sobre este paisaje oscuro, suave iluminado por su querida compañera de contemplación.
Moviéndose como un reloj, la silueta de la luna avanzaba con los minutos, podía verse algunos insectos sobrevolar, ranas que croan e incluso hay aves tomando un baño, esculcando sus alas. El sonido de los grillos sigue como una sinfonía sin freno, los cocodrilos no se ven por ningún lugar y la pequeña soñadora sigue sentada en una posición expectante.
Luna destellaba más de lo habitual, para Luzi esto debía ser una señal.
—Ella está sola como yo, necesita alguien, las leyendas y todo... ¡si!, ¡voy a acompañarle! —Surge con ojos valientes. Comprendiendo la soledad de Luna vuela entre algunos arbustos cercanos al gran árbol, se acomoda entre las hojas y espera hasta que cada habitante duerme profundo.
Vuela hacía su hogar, recolectando comida y agua en un saco pequeño que tiene detrás; sin vistazo alguno hacia el gran árbol, dio un vuelo pasando el rio de la ciénaga. Los grillos siguen su concierto, las ranas duermen en sintonía con sus barriguitas yendo de dentro hacia afuera de forma silenciosa. Entre las plantas y arboles se escurren los rayos de luz como un cristal que refleja en cada uno de sus costados, las hojas dejan pasar ases blanquecinos que hacen de los humedales una pintura nocturna.
Partiendo en su viaje, Luzi toma las riendas de un largo camino, entre el azul apagado del cielo y las brisas heladas del mundo. Le hace ver tan pequeña, tan frágil, aún así su convicción le mueve. Alguna vez cuando le comentó a sus padres lo bella que era Luna, ellos mencionaron la historia de la antigua ciénaga, una que todos conocían.
En la ciénaga se cuenta de antiguos seres que existieron hace siglos, los cuales convocaban la luz en un tiempo donde la Luna no vivía en soledad.
Rememorando esto, Luzi curiosa continua su viaje por las corrientes de aire en el cielo nocturno. El gran árbol empieza verse diminuto, como un arbusto de frutos en el bosque, aunque la pequeña no logra percatarse de ello, nunca apartando su mirada del cielo. Confiada sonríe comiendo algunas frutillas que trajo, “no es tan difícil”, se dice a si misma acelerando el vuelo.
Ahora su misión es más clara que nunca, desde niña sabía que ese sentimiento tenía un porqué: «le devolveré a Luna su compañía, como en las leyendas». Al mirar por instantes al único astro en el cielo, esta brilla con mayor intensidad de lo común.
—¿Luna, me estás esperando? —decía en sus adentros al notar la intensidad de la noche.
Luego de un rato comenzó a sentir escalofríos, las montañas al frente en el horizonte le daban a entender la altura a la que se encontraba. Arremetían como olas en el mar embravecido las corrientes de viento desacelerando el vuelo de Luzi, quien algo mareada continua con todas sus fuerzas a pesar de la gran fuerza que le envolvía.
Una parada para comer, vez segunda, diciéndose en voz baja “eso fue aterrador, pero pude manejarlo”. Algunas semillas en su saquito fueron la merienda, eran dulces y crujientes como los cereales que daban en campamentos. Al terminar alzó sus alas reanudando la travesía.
Los fuertes vientos, aunque necios, eran evadidos por la pequeña luminosa, quien notó algo diferente en el aire y su alrededor; ya las montañas eran pequeños montículos y el gran árbol una flor llena de pétalos. Esta vista era desperdiciada por la luciérnaga, la cual no apartaba su mirada del objetivo.
Empezó a sentir sequedad y el sudor que goteaba de su esfuerzo se hacía solido. El frío era tal, que debía moverse rápido para hacer calor con sus alas. Con más fuerza entrecerró los ojitos y continuó volando, sus alas empezaron a congelarse, aun así no dudó.
—Por más difícil que sea, ¿cuánto habrá pasado Luna sufriendo sola? —Reforzaba su deseo de subir más arriba, a pesar de que la voz le titubeaba por el ambiente helado. Los destellos de la Luna parecían arropar su cansancio, le animaban a seguir.
Un rato después, la pequeña luciérnaga se detuvo para beber agua y comer algunas bayas moradas. Al terminar se percató que le quedaba poca comida dentro de su saquito, la preocupación le hizo arrancar con paso más acelerado hacia su misión. Ya las montañas y la ciénaga no eran visibles, eran esponjosas nubes las que reemplazaron la vista, una que Luzi aún no ha atendido.
Repentina una ráfaga de viento inunda los esfuerzos de la pequeña haciendo que su cuerpesito caiga hacía el vacío. Algunas vueltas sobre el aire hacen de esta una situación aterradora, a pesar de todo la voluntad de la pequeña es tal que solo fueron algunos metros, estabilizándose limpia el polvo y las pequeñas gotas que brotan de las nubes cercanas. Su respiración agitada se hace lenta mientras se dice “todo está bien, Luzi”, continuando su vuelo sin flaquear.
Una de las nubes se le acercó a la joven aventurera igualando su ritmo.
—¿Qué pretendes, pequeña?, este no es un lugar al que pertenezcas —exclama la nube con arrogancia mientras se posiciona frente a Luzi volando de espaldas.
—Voy a visitar a Luna, por eso debo apurarme. —Rebasa a la nube con mucho empeño, aunque ya sus alas empezaban a doler, seguía sin prestar atención a lo externo.
Vuelve flotando entre ráfagas de viento y por segunda vez la nube sobrepasa a la pequeña brillante, posicionándose en frente.
—¿Por qué una joven luciérnaga va con Luna?, deberías regresar a tu ciénaga, una de tu especie no puede llegar ni un poquito cerca de ella. —afirma haciendo exagerados gestos de negación.
—No necesito que me digas eso, lo que importa no es si es posible o no, lo que quiero que entiendas es que yo lo haré realidad, ¡es mi sueño! —No era común oír a Luzi alzar la voz, de inmediato se adelanta harta de la nube debido a su apatía.
La pequeña luminosa refunfuñaba en voz baja “no tiene razón, Luna me necesita”, mientras sin percatarse la esponjosa insistente le anticipa por tercera vez.
—Admito que eres fuerte, joven luciérnaga, antes de dejarte a la merced de los vientos, como ya has caído, debo preguntarte, ¿por qué luchas sola? —La nube sonríe con malicia mientras hace una mueca de incógnita.
—Nadie estaba dispuesto a acompañarme, solo eso, pero yo puedo así… —Un vestigio de tristeza en la expresión de Luzi, ahora su vuelo cambiaba a uno lento, tambaleante.
—¡Ja!, entonces, ¿piensas que puedes sola?, muy necio de tu parte, pequeña luciérnaga. No te preocupes, te estaré esperando abajo por si deseas ir de vuelta en mi espalda. —La nube carcajea volando alrededor de Luzi hasta irse del lugar en dirección contraria a esta.
Triste e irritada, la aventurera toma su saquito con fuerza y fluye como los ríos de la ciénaga hacia su destino, donde cada vez se hace más frio, pero más ha sido la sensación que aquella pregunta le ha hecho. ¿Se siente sola?, ¿quiere estar con sus amigos y familiares?
Ratos luego, Luzi mira el pequeño saco y, solo un trocito de fruta queda en sus patitas. Empezaba a mirar con preocupación hacia el cielo, sin embargo la soledad de Luna le hacia reforzar su motivación de continuar. Con un bocado y un sorbo de agua sigue de vuelta en su odisea.
No recuerda bien las formas de las montañas, solo ha visto nubes y oscuridad; la luz de su querida amiga le sigue por todas partes como haciéndole un sendero. El pequeño cuerpo de la luciérnaga empieza a disminuir la velocidad de vuelo y sin comida solo existe un camino: La Luna.
Luzi empieza a temer, sus patitas tiemblan, aún mantiene su camino. Ya las nubes se ven como algodón de azúcar a sus pies, sin embargo para Luzi no existía nada más abajo. Su organismo deshidratado por la falta de liquido, el sudor en su cuerpo congelado por la temperatura y su respiración fuerte por lo difícil de tomar aire tan lejos del suelo. La pequeña luciérnaga se detiene en seco.
El cansancio le hace caer, junto con las ráfagas de viento hacen que su pequeño cuerpo vague sobre el firmamento. Luna destella, destella y en la mirada de Luzi se refleja aquella luz, “estoy cerca”, pero su cuerpo no responde, era difícil de decir, no cualquier ser podría recorrer tanto solo.
Oscuridad, sus ojitos se cierran por momentos vagando como una pluma sobre el horizonte. El frío rozaba su cuerpo en cada ráfaga entrante, los pensamientos negativos, los sentimientos resguardados, el miedo… Una fuerte luz empezó a forzar su visión hacía arriba, una que ya conocía, como susurrándole, “tu puedes”. La pequeña rompió el trance usando todas sus fuerzas logrando ponerse en órbita, como un satélite mirando al universo. No luce tan contenta, ni emocionada por su posición, era el desgaste.
—¿De verdad vale la pena, Luna?, me duelen las patas, no tengo comida… te veo tan cerca, pero ya no puedo más… —dice mientras las palabras de la Nube pasean por su mente y se repiten vez tras vez. La falta de aire no le permite pensar, solo necesitaba descansar, descansar. ¿Por qué estaba tan arriba?, ¿era necesario llegar tan lejos?
La luna brilla como nunca, una forma de darle una palmada en la espalda a Luzi, aún así, la pequeña luciérnaga situada en lo más alto del cielo no podía moverse. Por vez primera decide mirar atrás, por sus dudas, por el cansancio; también por su miedo y desesperación. Se sentía sin fuerzas, sin compañía y al voltear a ver por detrás de si, en su camino recorrido, puede notar una luz tan brillante como la luna misma.
Eran todos los habitantes del gran árbol.
Su padre y madre con lágrimas en los ojos sonrieron al ver a la pequeña de pie, al igual que sus amigos y conocidos. Ambos padres se acercaron a la pequeña y con un beso en la mejilla le dijeron, “ve y cumple tu sueño”, lo que hizo que la misma Luzi pasmada rompiese en llanto.
Con un saquito lleno de comida y agua sus padres le ofrecen otro abrazo. Ese gesto sacó del trance a Luzi, quien sin decir nada más, asiente con una sonrisa de lado a lado al borde de volver a lagrimear. Sus amigos de prendas peculiares revolotean animándole, las luciérnagas acompañantes hacen como faros para el camino a Luna; y esta última parecía estar alegre, como si emotiva brillase con agradecimiento.
Es entonces cuando todas las luciérnagas del gran árbol siguieron a la pequeña soñadora, Luzi, quien luego de mucho esfuerzo y algunas paradas en el camino llegó al cielo junto con Luna. Esta leyenda se conoce en el mundo desde hace siglos como:
Luziénaga, el origen de las estrellas.